Colocaban un terrón de azúcar sobre la cuchara perforada y vertían agua fría, una vez y otra. Una y otra vez, la burbuja luminosa, el olor a flores marchitas, el estremecimiento, la nube opalescente, el fuego verde. A Marie, el hada llevaba su alma a pasear por el ocaso, dibujaba líneas de tiza dorada en el cielo, hacía llover letras sobre su lengua, le mostraba hogares desconocidos, componía acordes no escritos y le sentaba a su mesa los hijos que dejó en Tolouse. Henry pedía al hada palabras que sustituyeran los silencios de camposanto y Stephanie, aquellos zapatos de charol rojo con los que soñaba. Todo eso, desde desvencijados rincones de los cafés de París, durante la hora verde, bebiendo absenta.
Es que los viejos cafés de París tienen magia.

Magia y alcohol… Feliz domingo
Que bueno un absinth… vendría bien, o mejor dicho, vendría loco
Me vendrá con las hadas también?
Pues si, tengo entendido que estas hadas no se pierden ni una fiesta