Extraña visita

Hermes recordó la extraña visita de hacía un par de semanas. Le avisaron de que un usuario quería verle. Cuando subió a la tercera planta, le esperaba un muchacho alto y delgado, muy joven. Sus rasgos eran los de un mulato, pero con la blanca piel cubierta de enormes pecas. Llevaba gafas de sol. No le había visto nunca antes, por eso le sorprendió que hubiera preguntado por él.

Se acercó al joven al tiempo que le preguntaba en qué podía ayudarle. Fijó sus ojos en las lentes ahumadas de su interlocutor. Lo oía hablar pero no entendía sus palabras. Tras los cristales, casi imperceptibles, se podían observar dos ranuras que apenas dejaban entrever dos globos blancos. Era ciego y le miraba. El ciego le miraba, estaba seguro.

Empezó a sentir un temor incontrolable. Intentaba que no se le notara pero, mientras mayor era su pánico, más sonreía el muchacho. Le miraba por dentro. No era humano. Decició marcharse, en realidad, lo decidió su cuerpo porque su mente estaba paralizada.

El mulato blanco, pecoso y ciego se reía ahora mostrando dos largas hileras de dientes perfectamente alineados. Además, el hasta ese momento joven, comenzó a engordar y a envejecer. Hermes echó a correr escaleras abajo y se encerró en su despacho.

Aquella anécdota supuso una mancha más en su denostada reputación en la biblioteca. “Qué maldeducado es Hermes”, dijeron. “Dejar con la palabra en la boca a aquel agradable muchacho, tan joven… e invidente!”

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