El hada verde

Colocaban un terrón de azúcar sobre la cuchara perforada y vertían agua fría, una vez y otra. Una y otra vez, la burbuja luminosa, el olor a flores marchitas, el estremecimiento, la nube opalescente, el fuego verde. A Marie, el hada llevaba su alma a pasear por el ocaso, dibujaba líneas de tiza dorada en el cielo, hacía llover letras sobre su lengua, le mostraba hogares desconocidos, componía acordes no escritos y le sentaba a su mesa los hijos que dejó en Tolouse. Henry pedía al hada palabras que sustituyeran los silencios de camposanto y Stephanie, aquellos zapatos de charol rojo con los que soñaba. Todo eso, desde desvencijados rincones de los cafés de París, durante la hora verde, bebiendo absenta.

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4 comentarios

  1. Es que los viejos cafés de París tienen magia.
    🙂

  2. Magia y alcohol… Feliz domingo 😉

  3. Que bueno un absinth… vendría bien, o mejor dicho, vendría loco 🙂

    Me vendrá con las hadas también?

  4. Pues si, tengo entendido que estas hadas no se pierden ni una fiesta 🙂

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