Arena

Un día me dio por cazar pensamientos como si fueran mariposas. Con un red fui recogiéndolos uno a uno. Usé la misma paciencia que los granos de un reloj de arena mientras esperan su turno para caer al otro lado, con igual resignación del que sabe que todo será diferente cuando el mundo de la vuelta sobre sí mismo, pues convendréis conmigo en la dificultad que entraña el hecho de que estas partículas caigan exactamente en el mismo lugar que ocupaban antes del vuelco. Pero no era de esto de lo que quería hablaros.

Coloqué mis pensamientos sobre una tabla, los inserté con alfileres y los guardé en pequeños cajoncitos etiquetados. Por fortuna se me escapó el pensamiento del recuerdo. Gracias a eso, pude retomar el hilo de la memoria hasta mi armario de pensamientos para comprobar que todos estaban muertos. Al cabo de unos días en blanco nació un pensamiento huérfano, fruto, seguramente, de una insignificante oruga a la que mi ánimo inquisitorial no prestó la suficiente atención.

Fue, por tanto, este gusano el que me guió al desierto. Alguien me comentó que entre las dunas de Masclaridades había colonias enteras de especies únicas, rarísimas. Ya no quería catalogarlas, deseaba verlas volar en ramilletes y esperar el don de que alguna se posara sobre mí. El desierto es un lugar terrible. Caminé, hundida mi carne hasta las rodillas. A cada paso el sudor y la arena me regalaban un nuevo vestido, un traje de polvo amarillo.

Transcurrieron muchos meses en los que sentí el dolor de mi familia sabiéndome perdida en la nada de arena. Tuve la suerte de encontrar un chamizo en el que me cobijé. Lo hallé de casualidad, cuando caí rodando en un cráter de tierra horadada por un viento sin nombre. Allí luché hasta la extenuación. Fue el instante en el que supe que la soledad no era una, sino infinitas y estaban hechas, las soledades, de arenas de desierto. Cada día llenaban mis párpados, mi piel, cada uno de mis orificios, mis pulmones y hasta mi estómago.

Intenté salir del agujero. Clavé mis dedos en las paredes, apreté los dientes y mastiqué tierra ocre, tensé mis músculos al máximo, creo que uno de ellos saltó como aquella cuerda de guitarra partida que a punto estuvo de dejar tuerta a mi tía. Pero no era esto de lo que quería hablaros.

El caso es que maté mis mariposas, busqué alas desconocidas y encontré arenas inmortales. Siento que el único camino para salir de aquí es esperar a que el mundo de la vuelta sobre sí mismo. Tendré más pericia cuando llegue el momento de caer al otro lado. Porque ahora se lo que soy: una partícula de soledad sonámbula cazadora de pensamientos encarnada en un grano de arena dentro de un reloj sobre la mesa de algún dios.

Hay cosas peores…

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3 comentarios

  1. Sonámbula es un dios con mil relojes de arena, y deja salir pequenos granos, uno a la vez, para que no se pierda ninguno, los deja sonar, porque nadie mas que ella sabe lo hermoso de ello…
    SAbe y le cuenta a sus granos, que la soledad puede ser bella si nos permite descubrirnos.

    Valio la pena esperar este texto…

  2. ¿por qué cambiastes mariposas por arena? buahh (leasé la onomatopeya como llanto o quejido)

  3. Pues no se Eliseo, me salió así. Pero todavía quedan por ahí maripositas huérfanas… dejemos que se apareen libremente 😉
    Juje, a veces hay que mirar cara a cara al desierto y sumergirse el él, a pesar del miedo. Yo se que tu sabes a qué me refiero 🙂

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