Dimostrazione

¡Gallina! ¡Gallina! ¡Eres un cobarde!
¡No, no lo soy!… es que….

Las figuras de los dos niños, las ropas de colores y las cabelleras desordenadas y cobrizas resaltan nítidamente sobre la oquedad negra. David, el mayor, se muestra desafiante, el pequeño Javier con más miedo que vergüenza. El enorme rectángulo azabache de la pared no es ni más ni menos que una puerta abierta, y al otro lado no hay ni más ni menos que una habitación completamente a oscuras. David la encontró el verano anterior, cuando husmeaba por la casa en busca de aventuras para contrarrestar el tedio de las vacaciones en el campo. Al no encontrar interruptores eléctricos la inspeccionó linterna en mano. No había luz, ni rastro de bombillas, cables, ventanas o muebles. Sólo un cubo diminuto, techo, suelo y cuatro paredes con una única abertura en forma de puerta. Así fue como David descubrió el método perfecto para martirizar a su hermano Javier. Lo llamaba “la demostración”.

Están ahí, te lo he dicho mil veces y tu no te atreves a mirar porque eres un cobarde. Te lo demostraré… ¡Verás cómo los fantasmas nos la devuelven!

David lanza la pelota roja en dirección a la oscura sombra geométrica. Y la bola vuelve. Lo hace una y otra vez. Cuanto más fuerte la lanza el chico, con más velocidad retorna la esfera, hasta que una de las veces golpea al pequeño Javier en la frente, quien se aleja llorando.

Dos días más tarde, el hermano pequeño quiere probarse a si mismo su valor. Avanza, cauto. Se sitúa frente a la puerta. Tiembla. Hace acopio de coraje, cierra los ojos, arroja la bola con bravura, espera y… nada.

¡Daviiiiiiid! ¡Eres un mentiroso! ¡Ahí dentro no hay fantasmas! –por lo bajo- Nadie me ha devuelto la pelota…

Enfurruñado se marcha en dirección al porche. Cuenta su historia y sus palabras caen como gotas de lluvia en el océano.

Esa tarde, sobre el cielo rosado, en el horizonte, el sol muere trazando líneas de tiza dorada. Unas horas después, la madre está preparando la cena. Ni siquiera en vacaciones puede relajarse. A estas alturas no le extraña encontrar el dichoso balón rojo dentro del horno, está tan cansada que no se molesta en regañar a los chavales. Si no recuerdo mal, lo arroja a la basura.

Es una pena que la familia de Javier no le crea nunca. Ser pequeño no es ninguna excusa. Esa actitud les acarreará graves consecuencias en el futuro. Me aburre jugar siempre a la pelota, de ahora en adelante haré cosas más divertidas.

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7 comentarios

  1. No pude resistirme… ciao!

  2. ser niño es todo un tema…

    sevemos.

  3. Hay fantasmas muy traviesos…

    🙂

  4. jajaja los fantasman eligen sus propias aventuras tambien…!!!

    coincido con boton son traviesos…
    mil besos sonambulilla querida

  5. Yo conocí una vez un fantasma que jugaba al ajedrez. Era fantástico jugar con él y sospecho que muchas veces me dejaba ganar.
    Lo que pasa es que era tan lento pensando los movimientos que me aburrí de jugar con él.
    Ahora me llaman “persona mayor” cuando no es cierto. Lo que ocurre es que a mí me gusta jugar partidas rápidas.

  6. Son traviesos y siempre terminamos jugando a lo que ellos quieren. Lo mejor es la táctica de Eliseo: hay que conocer los propios gustos y aplicarlo hasta con los fantasmas 🙂

    Un beso a tod@s

  7. Jajaja, qué buen final. Todos esperamos que la pelota salga disparada mientras la madre cocina, y nos saltas con el horno. Lo cierto es que has hecho un buen giro. Muy bueno, como de costumbre.

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