Lucha de titanes

-Elena… vamos.
-¿Qué?
-Está verde…

Me gustaba tomar el autobús. Hay quien lo encuentra incómodo pero yo, que siento como la más ingrata pérdida de tiempo dejar transcurrir los minutos de mi vida buscando aparcamiento, el transporte público es la mejor de las opciones. A este elemento de compensación temporal, hay que añadirle otro de tipo intelectual. Me refiero a la posibilidad que te brinda el hecho de ser conducido hacia el destino que tu has elegido y poder, de este modo, sentirte libre para usar tu imaginación en lo que más te plazca, sin depender de frenos, embragues, intermitentes, limpiaparabrisas, semáforos, parkings y motoristas kamikazes. En fin, todo un mundo a tu disposición contenido en una cantidad considerable de instantes cotidianos.

Por diversos avatares del destino ahora uso mi propio automóvil. Sigo prefiriendo el autobús, aunque éste también tiene sus inconvenientes, claro está. El más importante y molesto es, simplemente, perderlo.Viene a mi memoria aquel episodio que tanto me dio que pensar durante largo tiempo…

El día se tornó oscuro y pétreo, muy a tono con el rostro del conductor habitual del autobús. Cuando subí al vehículo, pesados goterones componían una monótona melodía al entrar en contacto con la chapa. “Buenos días”, dije. El me contestó como siempre, es decir, siguió mirando mudo a ese horizonte únicamente visible a los conductores del transporte público. Me senté en la misma plaza de todos los días, yo me lo imaginaba con un cartel en el respaldo que rezaba: “Reservado: Elena”. Unos kilómetros más abajo ya reinaba el diluvio. A punto de llegar a la parada del Mirador de Vistabella, un muchacho corría vertiginoso, haciendo señas con las manos. Nadie lo oía, pero sus labios adoptaban la forma de un desesperado “¡Pare, pareeee…!”. No llegó a tiempo, ¿o sí? Vale que el joven no estaba en el lugar preciso en el momento exacto, pero ¿acaso no se detuvo el conductor a escaso metro y medio de la parada ante un semáforo en rojo? Allí estaba él, empapado, pálido, con los ojos desorbitados, el pelo negro pegado a la frente, la boca de labios finos y extraordinariamente grandes moviéndose ondulantes como la marea. Aporreaba el cristal de la puerta “¡Ábrame, por favor, ábrame!”. Pero el autómata con licencia de conducir no dio muestras de ser humano, en ninguno de los sentidos que esta palabra puede acarrear.

Lo más extraño ocurrió varios minutos después. Las nubes se habían evaporado atemorizadas por la luz del sol y desplazadas sin piedad por intensas oleadas de viento, ¿increíble, verdad? Pues no era esto, lo inquietante fue lo que vino mas tarde: el muchacho esperaba para subir al autobús a la entrada de la ciudad. No podía ser un doble porque llevaba la ropa idéntica, incluida la mochila y los zapatos. Sin embargo, tampoco podía ser el mismo pues estaba seco. Por otra parte, si fuera la misma persona ¿para qué querría tomar el autobús estando en posesión de la facultad de teletransportarse? ¿Bilocación? ¿Viaje astral? No lo se. El caso es que subió y se sentó justo detrás del autómata, quien no dio muestras de haber percibido nada fuera de lo normal. El chico de boca ondulante observaba la nuca del conductor al tiempo que se le resbalaba una gota de sudor por su propio cogote. El autómata manejaba palancas de cambios, botones y volante, rígido en su uniforme gris, como su alma, en caso de que la tuviera.

Cuando llegué a mi destino, los únicos viajeros que quedábamos abandonamos el vehículo. Dejamos solos al autómata y al muchacho de ojos negros y labios de marea. Pronto tendría lugar el gran momento, la lucha de titanes. El chico movería la boca, correría alrededor, sudaría, le dirigiría todo su odio a través de sus ojos negros con toda la humanidad que le cabía dentro; el autómata atacaría con su indiferencia y le lanzaría rayos de vacío, silencios petrificados y saludos sobreentendidos. ¿Quién vencería? Jamás volví a ver a ninguno de los dos, aunque siempre los esperaba, aún los espero. El autómata fue sustituido por una conductora de pechos generosos y sonrisa maternal. Al chico no lo vi mas, pero si a otros parecidos, como yo misma. De hecho, una vez estando en la par…

-Elena… ¡Elena!
-¡¿Qué?!
-Está verde… ¡Arranca!

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4 comentarios

  1. Por la parada del autobús de Elena se cuenta que, desde hace algún tiempo, a veces un autobús pasa a toda velocidad ante los viajeros que esperan. Nunca se detiene. Nunca lleva viajeros. Sólo un autómata y sudoroso conductor y -a su espalda- un viajero joven, con mochila, cuya mirada parece traspasarle…

    Es usted una maestra del suspense. Me encanta.
    🙂

  2. cuya mirada parece traspasarle… …Son como las viejas Esfinges que se sostenían las miradas. Las únicas capaces de sostener sus miradas llenas de preguntas. Si alguien se atreve a molestar al conductor -o a aquel joven greñudo de ojos negros- igual quedará lleno de dudas en un autobús cuya ruta lleva al otro extremo de la ciudad de Malenbrot

  3. El final ha ganado en calidad literaria e ingenio… Gracias Botón y Eliseo 🙂

    Se me ocurrió después de leer el relato de Desegundos “Monologo interior de un loco”. Él esperaba en el semáforo de los peatones, pero ¿qué estarían pensando otros en ese mismo momento, por ejemplo, Elena? ¿Y Juan? ¿Claudia? ¿Jose?…

  4. No hay nada como viajar en colectivo… desde los 10 años que viajo asi y si habra historias para contar.

    Pero la de este pibe me recuerda cuando volvi al pais, ahce poco mas de un año. El colectivo en le que viajaba paro en uno de los controles de gendarmeria y tuve que bajar todo mi equipaje (que era mucho y variado) para que lo revisen. Cuando finalmenet me dejaron ir, note que el chofer se habia ido sin mi.

    Me dijeron que entraba en un pueblo mas adelante y despues salia a la ruta de nuevo, y si me apuaraba lo alcanzaria. Se imaginaran la cara del tipo cuando me vio subir de nuevo, todo empapado de sudor y cansado a mas no poder (llevaba como 35 kg en equipaje en los hombros). Lo peor es que se hizo el que no me conocia y me quiso cobrar de nuevo el pasaje… si no era por lo cansado que estaba yo creo que lo mataba ahi mismo.

    sevemos.

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